martes, 13 de julio de 2010

El Mundial en Madrid



Estoy en Madrid. Son las 11 de la noche. Apago la TV. Aún calienta el sol. Meto la cabeza en la nevera a ver si se me enfría. Hace demasiado calor en el resto de mi cuerpo y de mi habitación.

Me doy cuenta que he pasado un mes. Un mes, del 11 de junio al 11 de julio, viviendo pendiente del mundial de fútbol.

Hoy, finalmente gané una apuesta . Triunfó el equipo que, aunque no convencida, deseaba fuese el vencedor.

Un mes tomada por la fragilidad que limita al perder del ganar.

Hoy, después de tantas horas frente a una pantalla plana, me pregunto, ¿por qué me gusta el fútbol?, ¿por qué me gustan los mundiales de fútbol?, si yo no soy seguidora, ni fanática académica, de ese deporte.

Pues, creo que porque tiene sorpresas. Porque no valen las encuestas , solo las predicciones del Pulpo Paul y eso es también medio esotérico.

Porque todo depende de buenos jugadores, son ellos quienes se arriesgan.

Porque puedo ver el juego desnuda, en el sofá de casa, sola o acompañada.

Porque tiene jugadores bellos, aunque también peludos extraños.

Porque me distraigo con las miles de caras y formas de disfrazarse en las gradas.

Porque no se inhiben a celebrar o llorar.

Porque, como en la vida , hay injusticias y veleidades.

Porque hay árbitros a los que queremos patear y otros abrazar.

Porque las tarjetas amarillas asustan y las rojas valen.

Porque cuando suenan los himnos, unos cantan y otros no, pero ante ellos se inspiran todos.

Porque al final sabemos, que el honor honra pero la practica gana.

Y, porque sucede cada cuatro años…y eso es suficiente.

Porque el verano también pasa.

Este final de la copa mundial 2010, además de heroicos esfuerzos, erráticos fallos, atinadas punterías… a los maderos y sofisticadas coreografías, tuvo un algo más.

Esa pequeña gran diferencia que los anclará en mi memoria, de una manera especial, fueron, las espontáneas lágrimas de Iker Casillas, las anotaciones caligráficas en la franela de Andrés Iniesta y sobre todo el contraste con la parquedad del seleccionador del Bosque quien sin aparente emoción, expresó con generosidad su reconocimiento al equipo.

Cerramos la novela con los fuegos de artificio que brotaron del beso espontáneo entre el portero Iker y la periodista que lo entrevistaba, su novia Sara Carbonero.

Celebremos que tenemos algo que celebrar.

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